Aunque la intuición, forjada en el fatalismo que transmite el sistema, pueda sugerir lo contrario, contamos con bastantes ejemplos de boicots exitosos.

Entre los más famosos por sus buenos resultados, podemos contar el boicot de Greenpeace a Shell dado que ésta quería hundir una plataforma petrolera en el mar del norte; o la campaña BabymilkAction que boicoteó a Nestlé por la difusión letal de sus productos para bebés en países del sur o, hace poco, la campaña de Oxfam a la misma Nestlé por el hecho de reclamar dinero a Etiopía; o recientemente a Pascual en Cataluña por no comprar leche catalana...

Las empresas en todos estos casos han acabado rectificando y retrocediendo, aunque las vendas hubiesen bajado un porcentaje no muy significativo, porqué las multinacionales tienen muchos beneficios pero también grandes gastos, de forma que no podrían soportar el hecho de ingresar menos, sobretodo si no lo tenían programado. Un hecho a favor es que las empresas pueden no tener orgullo, ya que intentan conseguir dinero, aunque sea fraudulentamente, pero si pierden dinero no tienen problema en cambiar de estrategia.

El éxito de los boicots se erige por encima de la legitimidad de la causa y sobre el hecho que la idea de boicot cuente con la viabilidad y despierte la esperanza tangible de mucha gente que lo vea como una salida; y esto acaba llevando a la acción masiva por parte de muchos consumidores que se ponen de acuerdo (en esto nos tendrían que ayudar las nuevas tecnologías como internet).