El caso de Sud-Africa

    El modelo de boicot que hace falta aplicar en Israel es claramente el del caso de Sud Africa.

    La lucha se dirige contra los gobiernos por una parte, y directamente contra las empresas que hacían negocios con Sur Africa por otra. Hubo protestas y manifestaciones pidiendo que se aplicara un embargo de armas. La presión sobre las empresas consistió en desenmascarar las que tenían intereses en Sur Africa y hacer boicots a sus productos, junto con manifestaciones, protestas en las asambleas de accionistas y otras muchas acciones.


     A consecuencia de esta presión, el 1987 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas impuso sanciones limitadas a Sur África. Su impacto fue ciertamente limitado, puesto que los grandes poderes -principalmente el Reino Unido y los EE.UU.- encontraron caminos por esquivarlas (como dar armas, adiestramiento militar y petróleo en Israel para que proveyera el régimen sudafricano). Aún así, durante los años ochenta las grandes corporaciones empezaron a romper los vínculos con Sur África, presionadas por la protesta que ocasionaron. De repente, la continuación del Apartheid suponía un fuerte coste económico.

  Esto se combinó con otro tipo de presión: el boicot cultural y el aislamiento social. Sur África fue expulsada de las competiciones deportivas internacionales, las organizaciones profesionales y académicas no cooperaban con las asociaciones sudafricanas, había un boicot a las conferencias y los actos culturales... Todo ayudó. Sur África fue forzada a cambiar.

El único camino que tenemos para presionar a Israel para que cambie es la protesta de la gente en cualquier parte del mundo a través de todos los tipos de boicot.

      Tanya Reinhart